miércoles, 31 de agosto de 2011

COMENSALES II

Mientras manejaba para reunirme con Carlos, Luis, Andrea, Gladys y Sandro por segunda vez, pensé todo el tiempo en escapar y en avisar que la cita fue un mal entendido. Tenía el estómago acalambrado.

Yo los había citado a través de Carlos en un bar restaurante. Todos debíamos ir con la misma ropa con que asistimos al primer encuentro. Luis avisó que iría con pantalón largo. Para bermudas estaba fresco.
Desparramé muchas fotos de mi autoría encima de dos mesas ratonas. Luego les dije que todo lo que nosotros hiciésemos o expresáremos sería el material de mi obra; así como las interacciones entre nosotros.
Les encantó la idea. Me sentí aliviada. Relajé el estómago.

A Carlos le gustaría registrar fotográficamente algunos desayunos dominicales. Esos que prepara Luis de vez en cuando; con el departamento inundado de luz y los reflejos de las copas bailando sobre las paredes. Luis voltea su cara hacia mí y mientras Carlos sigue hablando con Gladys y Andrea, me explica que siempre deseó compartir su vida con una persona amada. Después de cumplir los cincuenta, su deseo se realizó. Por eso agradece, con estos desayunos especiales.

Sandro no llega todavía a nuestro segundo encuentro. Andrea le manda un mensajito. Todos me dicen que Sandro es así: llega tarde, se va antes, desaparece por ratitos, luego regresa. Yo pienso que es un comportamiento muy saludable, digno de imitar.


Mientras ingeríamos los alimentos pedidos, charlábamos y bebíamos ordenadamente.
Todos expresaron que tenían una vida social muy activa. Cada uno integraba diferentes grupos con los que compartían encuentros. Andrea contó que su hermana le recomienda, cuando la nota muy cansada, que modere sus salidas sociales. Yo casi me atraganto ante el desconcierto de saber que para los demás es tan común y normal algo que para mí es tan perturbador: sociabilizar.

A Sandro no le gusta sacar fotos de sus viajes y las que tiene, no recuerda de dónde son. A todas las denomina paisaje típico.

Cuando nos levantamos de la mesa para irnos, Andrea me dijo que habíamos bebido mucho aquella noche en casa de Luis y Carlos. Yo le dije que no, que me parecía que habíamos bebido poco. Ella insistió, agregando que al llegar a casa Roberto percibió el aroma de las bebidas degustadas. Yo, gracias al trago Éxtasis ingerido y envuelta en mi propio abrazo cálido, curvo y refrescante a la vez, pensé que suerte teníamos de que nadie fumaba.

No hay comentarios:

Publicar un comentario