martes, 11 de agosto de 2009

“(…) Pero, ¿qué significa por ejemplo el rojo, recibido por el niño al mismo tiempo que la leche y la mirada de su madre, a una edad en que no tenía una palabra para el rojo, ni par leche, ni para mirada, ni para madre? Las palabras sencillamente no eran entendidas y las cosas se recibían de otra manera. Solo pueden ser reencontradas, entonces, en caso de que puedan serlo, en el fantasma, en un poema o en el sueño. (…) Cuando el niño recibe el rojo, no lo sabe. Cuando el rojo se hace palabra, el acontecimiento ha pasado; no puede haber goce y saber al mismo tiempo, a riesgo de cruzar el litoral y caer en el agujero. Hay que descentrar la palabra, hacerla surgir después de la escritura y hacer de la escritura una suerte de pensamiento original bajo forma de señales, operación que se vincula a una forma de pensamiento mítico. (…)”

París, 1972.

Lemoine-Luccioni, Eugénie: ¿Las mujeres tienen alma? Ed. Argonauta, Barcelona, 1990.

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