domingo, 9 de agosto de 2009


Jamás usaría un vestido rojo; sería demasiado fuerte y perturbador para mí.


Recuerdo cuando descubrí el rojo… su poderosa pregnancia en mi conciencia.
Luego me di cuenta que chupando la punta del lápiz conseguía que el rojo del trazo fuera aún más rojo. Recuerdo el calor en la panza y que el mundo se desvanecía para que yo percibiera solamente la perfecta brillantez de ese color, mar infinito que me daba tanta felicidad y que tal vez me recordara, ahora pienso, mi vida anterior: la de huevo alimentado a sangre. En esa época, en el jardín de infantes, me hacían dibujar a mi familia. Para mí era una ocasión estupenda para pintar de rojo brillante, “chupado” todas las uñas de los dedos de todas las figuras humanas que requería el dibujo, incluida la de mi padre. Sabía que los varones no se pintaban las uñas, pero mi madre y mi hermana tampoco lo hacían, así que como renunciar a dos manos más que posibilitaban el soporte para un rojo perfecto, brillante, de puro esplendor. Después de terminar el trabajo lo miraba extasiada, completamente feliz. Ni un Velázquez ni un Bacon hubieran soportado la comparación con mi obra, porque estaba segura de que todo el que la mirase sentiría el mismo éxtasis que yo. Cuando aparecía la inevitable pregunta sobre las uñas de mi padre, confirmaba siempre que hay mucha gente que no entiende de estas cosas, tal vez porque no es sensible al color.

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